BREVE HISTORIA DEL GRUPO SARDINERO NEPTUNO

«No es propio de dioses contar las más rocambolescas historias sin antes poner en antecedentes. Para todo aquel que ose no conocer mi identidad, diré que no soy el Dios de la Festividad, pero sí aquel que eligió el mar como morada y el que a las sirenas más bellas tiene enamoradas.

Una vez a todos dicho que el dios Neptuno soy, quiero narrar cómo aquel día, que aburrido en el Mar Menor me hallaba, decidí, tridente en mano, aventurarme en la tierra de los huertanos. Pues hasta en lo más profundo de mi alma resurgía el deseo de conocer de qué trataba el Entierro de la Sardina.

Una mañana de sábado era mi arribada y la más potente estrella que en el día se halla con su calor me abrumaba. La hospitalidad de los murcianos me dirigió a la más hermosa plaza que jamás mis ojos habían contemplado. No había coral, tampoco vi cristal del mar, pero los delineados pétalos que componían todas aquellas flores que a mi silueta rodeaban hacían de aquel espacio el Edén terrestre frondoso y por todos anhelado.

Absorto y perplejo me encontraba en aquella perfecta Plaza de las Flores llamada, cuando alguien, dirigiéndose a mí, me advirtió que no podría seguir allí si una marinera y una cañita fresca no me tomaba.

-¿Marinera?- me pregunté. Y una vez probada, comprobé que aquello era el homenaje gastronómico que los huertanos hacían a mi más querida patria, los mares y océanos donde yo residía.

El más animado barullo se cruzó en mis oídos. Dejándome llevar por aquel canto de alegría y generosidad, sin apenas cerciorarme, descubrí que en el paseo Alfonso X era donde debía encontrarme, pues cientos de niños se agolpaban, pidiendo un pito a los sardineros que en aquel momento pasaban. ¿Cómo podía desconocer yo hasta entonces que la madre generosidad era natural de aquel espléndido valle, donde su más sincero lema es repartir felicidad?

La noche iba entrando, llenando de la más mágica esencia a todos los que en el desfile nos encontrábamos esperando. Mis ojos vibraban y resplandecían e incrédulo miraba las llamas que los hachones tenían. La hermosura, la fiesta y la bravura, juntas, han tomado la forma más divina, para decir al mundo entero: ¡Viva el Entierro de la Sardina!